Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—¡Qué bobería! Nada, a bailar, a divertirse para que esté contenta la niña cuando vuelva del paseo. ¡Eh! Nada más, Pedro.

Se retiraba éste despacio y de mala gana, e Isabel, que quedaba pensativa apoyada en el barandal del pórtico, llamole luego, diciendo:

—Pedro, ¿ya lo ves? Por tus interrupciones y majaderías se me iba o olvidar una de las cosas que tenía más presente. Debo hacerte otro encargo, mi último encargo. Mira, Pedro, estoy pensando que por sí o por no, lo mejor será que guardes el látigo en tu bohío hasta después de Pascuas. Sí, sí, mejor será pues mientras le tengas en la mano has de querer usarlo, y yo no quiero que se levante el látigo para nadie, ¿lo oyes, Pedro? Que no suene el látigo en mi ausencia.

—Le negre etá perdío, —dijo Pedro sonriéndose, por mor de la niña.

—Me importa poco, —replicó Isabel con firmeza—. Tú sabes que papá botó al mayoral en abril porque daba mucho cuero. Recuerda que la cogió contigo. No ha de oírse un latigazo en el cafetal en mi ausencia. Lo repito, lo quiero así, lo mando, Pedro.


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