Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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El sitio, pues, la hora, el silencio de la tierra y del cielo, el aspecto sombrío del pórtico ancho, gacho y de limitado horizonte por el espeso arbolado inmediato, la misma lucha de la débil claridad artificial interior con la oscuridad exterior, todo predisponía a la exaltación de las pasiones de los jóvenes, arrobadas sus almas en la contemplación del bellísimo cuadro que los rodeaba por todas partes. En tales momentos, las mujeres menos agraciadas parecen aéreas y adorables; los hombres más tímidos se atreven a todo, y sintiendo más se expresan con mayor elocuencia.

—Isabel, —dijo Leonardo—, me extraña tu conducta conmigo.

—Califíquela, —repuso Isabel sonriendo.

—No me corresponde calificarla, por la sencilla razón de que soy el agraviado.

—¿Eso más? Pues era lo que faltaba.

—¿Te sorprende? ¿Cómo se compagina, si no, nuestra amigable despedida de La Habana (por mi parte, se entiende), con tu silencio e indiferencia enseguidas…?

—¿Sin motivo que justificara el cambio?

—Sin motivo que lo justificara. Yo al menos no he podido penetrarlo todavía.

—Refresque Vd. la memoria de los hechos.

—Nada, Isabel, no alcanzo, desconozco el motivo.

—¿De verás?

—De veras.


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