Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Quizá le ama a Vd. en secreto.
—No tendrÃa nada de particular, sólo que en mi vida le he dicho «ojos negros tienes».
—SentirÃa hacer a Vd. una injusticia, Leonardo. Las apariencias, sin embargo, le condenan.
—No, Isabel, no. Soy inocente. Si te engañase en este momento, si no te dijese toda verdad, si te pintara una pasión que no sentÃa, si en consecuencia te hubiese dado justo motivo de agravio, serÃa el más malo de los hombres…
—Está bien; doblemos la hoja, —le interrumpió Isabel convencida.
—¿Pelillos a la mar?, —le preguntó Leonardo con amoroso acento.
—Pelillos a la mar, —contestó ella con celestial sonrisa—. No habrÃa dicha para mà si me viese condenada a dudar de la palabra del hombre a quien tenÃa por amigo y caballero.
—Bien, —agregó Leonardo más animado—. ¿No crees tú que debÃamos sellar esta dulce reconciliación…?
Diciendo esto dejaba correr disimuladamente la mano por el barandal para coger la de Isabel, que se apoyaba en el mismo. Pero ella, evitando la ocasión, evitó el peligro. Se puso seria y pasó al lado de su tÃa, a quien dijo alto que era hora de recogerse. El reloj de Leonardo marcaba las once de la noche.