Cecilia Valdes

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Capítulo II

Y en los bellos cafetales

todo es frescura y olores,

besadas sus blancas flores

por las brisas tropicales.

J. PADRÍÑEZ

Como novia de Cupido desde la víspera, Rosa Ilincheta, por el temor pudoroso de encararse con su cómplice a la clara luz del día, retardó cuanto pudo su salida del tocador. Pero Isabel tenía obligaciones que llenar y bien temprano apareció en el pórtico del sur de la casa con la sombrilla en la mano derecha, una cestita calada al brazo izquierdo por el aro, y por todo abrigo el pañolón de seda bordado de realce[148].

Asomaba entonces el sol por un ángulo de la casa, alumbrando una parte del jardín y proyectando la sombra de aquélla y de los árboles, por largo trecho, sobre el espacioso batey de la finca. Había sido abundante el rocío de la madrugada. Empapado estaba el césped, apagado el polvo bermejo de los caminos y las hojas de las plantas y las corolas de las flores cuajadas de menudos aljófares[149]; otros tantos prismas que descomponían la luz del almo[150] sol, al recibirla de soslayo.


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