Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Asà debe de ser, Leonardo, —comenzó diciendo Rosa—, pues me pareció que traÃa una…
La tÃa y la hermana, más avisadas que ella, no la dejaron terminar la frase; y nadie más habló en el resto del camino.
Entre la una y las dos de la tarde, bajo un sol de fuego cuyos rayos los reflejaban las hojas de la caña cual si fueran bruñidas espadas, se desmontaron los viajeros en la gran casa de vivienda de La Tinaja.
