Cecilia Valdes
Cecilia Valdes La casa de calderas o de ingenio era tan fuerte como vasta: edificio exento casi enteramente, cuya armadura se componía de pares rollizos, apoyados en soleras pesadas y éstas en pilares, dichos horcones en el país, sin escuadría[160] ninguna ni más pulimento que el que pudo darles con la zuela el vizcaíno carpintero-arquitecto contratado en la finca para esos trabajos. Tenía el aire imponente y rústico que parecía demandar su destino. Debajo de su cubierta de tejas coloradas se abrigaban el trapiche, la máquina de vapor y el tren Jamaiquino de elaborar el azúcar, montado sobre tres hornos o fornallas. No se hallaban en el mismo nivel todos estos aparatos: el de las calderas era varios pies más bajo; y para pasar de un departamento a otro había que descender dos anchas escalinatas de piedra, flanqueando el plano del trapiche y máquina de vapor. Esto se hacía así para que tuviese una caída fácil el guarapo, que al salir de las masas corría por una canal de madera a la artesa, llamada allí mansera, donde algo se limpiaba y seguía al tacho o paila para recibir el primer hervor.