Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —¿Cómo que no? —contestó Moya prontamente—. El primerito que se vio pa eso. ¿No ve el señor don Cándido que hasta la puerta mesma de su bujÃo se encontró rastro fresco de negros que venÃan del monte, del lado de allá? Pero él juró por toos los santos del cielo que no vio, oyó ni sintió náa en too este tiempo. Se calentó don Liborio contra él y quiso arrimarle unos cuerazos pa que cantara; mas yo se lo quité de la cabeza, porque pensé que se iba a poner brava la señora doña Rosa en cuanto que supiera que habÃan castigao al taita Caimán.
Con esto don Cándido menudeó sus paseos sin curarse de las personas que le hacÃan compañÃa, quizás para que no le interrumpieran en sus meditaciones. Luego, volviéndose de improviso para Moya, en tono breve e imperioso le preguntó por el Mayoral.
—Cuando yo venÃa del potrero, —contestó Moya—, estaba él con la gente en el corte de caña, enfrente de la tumba nueva. No debe de tardar ya, pues como no hay que cortar yerba de Guinea pa la comÃa de los caballos, porque hay cojollo, soltará la gente más temprano. Mire, ahà vienen las carretas con las últimas cañas pa probar la máquina… Allá lejos se ve el boyero en su mula, y más lejos entoavÃa, por la otra guardarraya, veo ahora a don Liborio. El cañaveral me tapa sus perros y yo no pueo decir si va solo o con la gente. El viene a caballo.