Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Capítulo V

—¿Habéis visto en vuestra vida

Mujer más airosa?

—No.

Ni al Parque jamás salió

Más aseada y bien prendida

CALDERÓN

Mañanas de Abril y Mayo

Después de dar una vuelta por la sala, el comisario Cantalapiedra se entró de rondón en el aposento, y en son de broma le tapó por detrás los ojos al ama de la casa, en los momentos en que ella se inclinaba sobre la cama para depositar la manta de una de sus amigas que acababa de entrar de la calle. La tal ama de la casa, Mercedes Ayala, era una mulata bastante vivaracha y alegre a pesar de sus treinta y pico cumplidos, regordeta, baja de cuerpo y no mal parecida. Atrapada y todo por detrás, no se cortó ni turbó por eso; antes por un movimiento natural acudió con entrambas manos a tentar las del que la impedía ver, y sin más dilación dijo:

—Este no puede ser otro que Cantalapiedra.

—¿Cómo me conociste, mulata?, —preguntó él.

—¡Toma!, —repuso ella—. Por el aquel de algunas gentes.


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