Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Habrá comprendido ya el discreto lector, que la Virgencita de bronce de las anteriores páginas no es otra que Cecilia Valdés, la misma jovenzuela andariega que procuramos darle a conocer al principio de esta verÃdica historia. Hallábase, pues, en la flor de su juventud y de su belleza, y empezaba a recoger el idólatra tributo que a esas dos deidades rinde siempre con largueza el pueblo sensual y desmoralizado. Cuando se recuerde la descuidada crianza y se una a esto la soez galanterÃa que con ella usaban los hombres, por lo mismo que era de la raza hÃbrida e inferior, se formará cualquier idea aproximada de su orgullo y vanidad, móviles secretos de su carácter imperioso. Asà es que, sin vergüenza ni reparo, a menudo manifestaba sus preferencias por los hombres de la raza blanca y superior, como que de ellos es de quienes podÃa esperar distinción y goces, con cuyo motivo solÃa decir a boca llena, —que en verbo de mulato sólo querÃa las mantas de seda[33], de negro sólo los ojos y el cabello.