Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—Mal harás, Leonardo, —replicó el Alcalde con calma y dignidad—. Mal harás, te repito. Por lo que a mí toca, tus lanzadas no me harían daño ninguno, rebotarían en la cota de malla de mi elevada posición, de mis títulos de nobleza y de mi valimiento aquí y en la corte. Por este lado soy inmune. Pero tú, con tomar el camino que dices, (te hablo como compañero y amigo), no conseguirías otra cosa que escandalizar un poco y poner en berlina a tu padre, en cuya queja formal y escrita me apoyé para el procedimiento… arbitrario que me imputas. Tu padre, tu bueno y honrado padre, vino a mi tribunal y estableció querella en toda forma contra esa muchacha, por seductora de un menor, hijo de familia rica y decente, con sus encantos y trapacerías. En la discusión que tuvimos, se lamentó, casi con lágrimas en los ojos, de que estabas hecho un perdido, jugador, mujeriego; que no estudiabas ni podrías recibirte en abril como él y tu madre esperaban, para que tomaras la administración de los bienes el año entrante, es decir, después de casarte con la bella y virtuosa señorita de Alquízar, como estabas comprometido, todo por esa mozuela casquivana, cuyas relaciones amorosas desdoran sin duda a un joven que ha de ser Conde antes de mucho.




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