La peineta calada

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XIV

Al Ave María del día siguiente, aún entre las dos luces, como suele decirse, seña Caridad Chirinos salió de su casa y envuelta en una manta oscura se dirigió al inmediato convento de Santa Clara, donde las campanas llamaban a la primera misa a los fieles.

Éstos en gran número, compuestos en su mayor parte por la gente baja del pueblo, bien cubiertos con sus capotes, bien con sus mantas como la Chirinos, ya con un tablero en la cabeza, ya con una canasta o un farolito en la mano, ocupaban las dos puertas principales del templo, formando dos compactos grupos mucho antes de que la abriesen. En el momento de meter el sacristán la llave en la cerradura un hombre alto, grueso, cubierto con un sombrero de paja y abrigado con un capote raído, que venía examinando las caras de las personas allí detenidas, tropezó casi sin quererlo con seña Caridad, la cual habiéndolo reconocido por la lumbre del tabaco que fumaba, lo detuvo y dijo:

–¡Ah! ¡qué fortuna! ¡Deseaba verlo! Si usted no está de prisa en saliendo de misa hablaremos.

–¿Tiene usted mucho que hablarme, eh?

–Sí, mucho, y de cosas que a usted le interesan.

–Milagro, porque siempre anda usted zafando el cuerpo y vendiéndome las palabras no por varas sino por cuartas. ¿Viene usted sola?


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