La peineta calada

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XV

El dormitorio de Rosario era el zaquizamí que ya hemos descrito; de él no salió en toda la mañana del día que se siguió a su encuentro con Andrés en la plazuela de las Recogidas. La pobre muchacha se sentía tan apesadumbrada, tan triste, tan ocupada de su desgracia, que no bajó a la hora del almuerzo ni hizo otra cosa que llorar y suspirar.

La madre, cerca de las diez, subió a verla, llevándole el desayuno que le dejó sin decirle palabra, cabe la cama donde aún permanecía, cual si así quisiera manifestarle que estaba más indignada que compadecida de su suerte y de su proceder con Andrés.

Esto, como se vio luego, no era más que estudio y astuta preparación del proyecto infernal que meditaba. Había la Chirinos caído en mil contradicciones, ya aconsejando a Rosario procurarse atraer con halagos a su amante desdeñoso, ya prohibiéndole que lo viese y no se le ocultaba, por lo tanto, que perdía la confianza de su hija y con ella las esperanzas de poder vengarse a mansalva de Andrés.

–Dejadla llorar –decía ella poco más o menos entre sí, contemplando a Rosario hecha un mar de lágrimas–, bien pronto el dolor se convertirá en indignación y el amor en odio; entonces entro yo a manejar los hilos de la trama que maquino.


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