La peineta calada
La peineta calada El dormitorio de Rosario era el zaquizamà que ya hemos descrito; de él no salió en toda la mañana del dÃa que se siguió a su encuentro con Andrés en la plazuela de las Recogidas. La pobre muchacha se sentÃa tan apesadumbrada, tan triste, tan ocupada de su desgracia, que no bajó a la hora del almuerzo ni hizo otra cosa que llorar y suspirar.
La madre, cerca de las diez, subió a verla, llevándole el desayuno que le dejó sin decirle palabra, cabe la cama donde aún permanecÃa, cual si asà quisiera manifestarle que estaba más indignada que compadecida de su suerte y de su proceder con Andrés.
Esto, como se vio luego, no era más que estudio y astuta preparación del proyecto infernal que meditaba. HabÃa la Chirinos caÃdo en mil contradicciones, ya aconsejando a Rosario procurarse atraer con halagos a su amante desdeñoso, ya prohibiéndole que lo viese y no se le ocultaba, por lo tanto, que perdÃa la confianza de su hija y con ella las esperanzas de poder vengarse a mansalva de Andrés.
–Dejadla llorar –decÃa ella poco más o menos entre sÃ, contemplando a Rosario hecha un mar de lágrimas–, bien pronto el dolor se convertirá en indignación y el amor en odio; entonces entro yo a manejar los hilos de la trama que maquino.
