La peineta calada
La peineta calada Con el apresuramiento con que nuestra joven subÃa, no reparó en una señora como hasta de cincuenta años, que desde la barandilla de la escalera, habÃa estado observándola en silencio.
–Vaya –le dijo ésta al pasar– cualquiera dirÃa que te has vuelto loca. Toda la tarde en el balcón, y ahora dando carreras, escalera abajo, escalera arriba.
–¿No quiere usted que pierda el juicio, si ha llegado la noche y no vuelve Andrés? –contestó la muchacha sin detenerse. Y cubriéndose la cara con las manos, se echó en una silla, cerca de .la puerta, llena de la mayor angustia.
–Mira, mira como me has puesto las flores. No he querido recogerlas para que vieras lo que me has hecho con tus carreras y tu atolondramiento.
–Perdón, mamá; pero yo no puedo remediarlo. Andrés nunca ha estado hasta estas horas en la calle; además que él me prometió que volverÃa temprano.
–¿Pero quién te ha dicho que ya es tarde?
–Son cerca de las ocho.
–Se le habrá ofrecido algo en la tienda.
–No lo creo.
