La peineta calada

La peineta calada

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XVII

Dolores empezaba a verificar las dudas que le habían atormentado durante largos días y más largas noches. Recordando las circunstancias de la que fue conducida a su casa en un desmayo Rosario Valdés, por resultas del robo de su peineta, halló que el deseo que ella había manifestado por marcharse cuanto antes, procedía de la rivalidad existente entre ambas; que muy bien podía haber sido la misma mujer que días después vio apostada en la esquina esperando a su marido; que las tardanzas de éste provendrían sin duda de sus visitas a la casa del callejón de la Samaritana, donde recordaba haberle dicho que vivía seña Caridad Chirinos con su hija; y en fin, que la peineta robada y luego dada a componer en la propia fábrica donde se hizo, habría sido regalo de Andrés a Rosario.

Semejante traducción saben nuestros lectores cuán racional es y cuán arreglada a los hechos que les hemos presentado en el discurso de esta historia; bien que la clave que dio el maligno revendedor de ropas a Dolores, no era para extraviarse en el camino de la verdad. Así, pues, la celosa consorte, herida en lo más vivo de su corazón, resolvió ir hasta ella con aquel ánimo firme y fuerte que no teme mayores desgracias ni titubea ante el peligro.


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