La peineta calada
La peineta calada Como de costumbre, al otro día volvió Andrés a su trabajo, ganoso de dar las gracias a Ciriaco por haberle libertado, aunque sin duda inocentemente, de un compromiso serio con su mujer. Apenas llegó al establecimiento, llamólo aparte y díjole con amable sonrisa: –Picarón, ¿dónde está la peineta calada de ayer tarde? »Vamos, Ciriaquillo, déjate de chirigotas, que tengo mucho que hacer y debo concluirla para esta tarde y salir de seña Caridad Chirinos.
–No es chirigota, don Andrés –repuso algo serio el muchacho–, mire usted quien cogió la peineta porque yo no sé de ella.
–¿Tú no estabas en el cuarto ayer por la tardecita cuando yo la tiré en ese rincón?
–Sí, señor.
–¿Quién otro había aquí entonces que pudiera haberla cogido?
–Eso es lo que no sé.
–No es posible que fuese ninguna de las muchachas que vinieron a visitarme.
–¿Ellas le han dicho que no?
–Tampoco les he preguntado nada, porque sería hacerles una injuria grandísima suponer que me robasen una peineta todavía inservible, pues no está pulida siquiera.
–Pueden mandarla a pulir a otra cualquiera peinetería.
