La peineta calada

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XX

La víspera de un día de fiesta, al caer de la tarde, Rosario Valdés, vestida con su mejor túnico y adornada con sus mejores aretes y sortijas, se hallaba sentada en el poyo de la ventana de su casa, callejón de la Samaritana.

Íbase desterrando entonces, hasta de las mujeres de la clase baja del pueblo, el uso del colorete y albayalde, lo mismo que el de las flores de trapo; y nuestra joven, que como todas las de su edad, era muy aficionada al polvo blanco que hacen de la cáscara del huevo triturada y dicen aquí cascarilla, no pudo resistir la tentación de untarse un poco (ésta es la frase usual) por el rostro, hombros y senos y adornarse la cabeza con un ramo de flores que aquella mañana había comprado, atenta a que su madre le dijo que a las once debían de hacer juntas una visita y dar un largo paseo.







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