La peineta calada

La peineta calada

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XXI

Confesamos con todo el candor de un aprendiz de novelista, que este capítulo, como el último, como el desenlace del pequeño drama doméstico que hemos procurado trazar, es el que más nos ha hecho discurrir y por eso habrá advertido el pacífico lector que se lo presentamos con dos días de atraso, porque escribiendo a la usanza de los folletinistas de la actual época de progreso no habíamos calculado que podrían faltamos las fuerzas, allí donde el negocio se hiciera más peliagudo.

Y según decimos de nuestro cuento, era preciso que Andrés hubiera perdido enteramente la memoria para desconocer la voz del muchacho, que en el final del capítulo anterior referimos, que tras del carruaje iba gritando: –¡Para, para, calesero! También referimos entonces, que aquél montando a la zaga de éste doblaron la esquina inmediata a la casa que habitaba la Chirinos, lo que dio ocasión a que el oficial de peinetero los perdiese de vista por pronto que estuvo en partir a su alcance, pues el carruaje iba despedido.

Dejemos a nuestro oficial vagando por las calles y mediante la virtud que nos hemos arrogado, alcancémosle nosotros y no nos contentemos con subir a la zaga, sino que metámonos dentro por el postigo, cosa hacedera y no nueva, siendo así que no se usan vidrios en los carruajes del país.


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