La peineta calada
La peineta calada En medio del asombro que naturalmente debía causar a entrambas mujeres aquella inesperada visita, solamente Dolores manifestó serenidad y resolución. Su primer cuidado fue ver si la joven desconocida estaba herida o muerta, pues la vieja que hasta allí la había traído, del susto y de la fatiga, no acertaba a decir dos palabras, que de sentido fuesen; pero desengañada que todo se reducía a un desmayo, sin pérdida de tiempo pidió a su madre un frasco de agua de colonia, con que le roció el pecho y rostro, después de haberla reclinado en una silla, y soltándole el traje. La desmayada, merced a este remedio, volvió al momento en sí; dio un ¡ay! lastimero, abrió los ojos despavorida, y acudió con ambas manos a la cabeza, en ademán de buscar algo entre la copiosa y negra trenza de sus brillantes cabellos.
