La peineta calada
La peineta calada Dijimos en el anterior capítulo que las escenas se atropellaban, y que si queríamos ser lógicos y guardar las reglas clásicas, no debíamos salir de la casa del balconcito a la muralla sin explicar primero los diversos pensamientos que combatían el ánimo de Dolores y doña Margarita, desde la aparición y desaparición de la mulata y su hija. Pero hétenos ya en el quinto capítulo de nuestro cuento, sin haber acabado la exposición. Esto nos mueve a dejar por breve rato en el suelo a la desmayada Dolores y quebrantar el propósito que hicimos de no abandonar su casa durante la noche. No vamos muy lejos puesto que está en el centro de la ciudad el callejón de la Samaritana a donde más que a media carrera se dirigían Caridad Chirinos y su linda hija Rosario Valdés.
Esta última, especialmente, como joven y enojada que iba, por resultas del robo de su peineta, que no pudo lucir en el baile, llevaba siempre la delantera a su madre, la cual, vieja ya, y no sabemos si alegre de aquel contratiempo, pues le había excusado una mala noche, se arrastraba con trabajo y a cada veinte pasos pedía a su hija en tono humilde no corriera tanto y que le esperara, pues se iba fatigando más de lo regular. La muchacha unas veces se detenía, otras se hacía la sorda y apretaba el paso en lugar de meditarlo.
