La peineta calada
La peineta calada Ya que estamos en la calle, y que el curioso lector ha tenido el capricho de acompañarnos, no desaprovecharemos la ocasión de referir el resultado de las pesquisas de Rosario y de la Chirinos, su madre. Ésta a tiempo de seguir a aquélla; por una rara casualidad reparó en los pedazos de peineta, que el desconocido habÃa arrojado a la joven, según dijimos en el capÃtulo anterior, y levantándolos del suelo, dijo:
–¿Pues no son estos pedazos de tu peineta?
–SÃ, señora. Pero caminemos, mamita, que se va el tiempo.
–¿Cómo se hallan aqu�
–Porque Liborio me los trajo, y me los tiró a la cara.
–¿Luego él fue quien quitó la peineta a los ladrones? Y creÃa yo que habÃa sido don…
–Mamita –le interrumpió con enfado la muchacha–, si usted no camina más aprisa valiera más que se quedara; porque si hemos de hablar y andar a su paso, no llegaremos esta noche.
