La peineta calada

La peineta calada

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VI

Ya que estamos en la calle, y que el curioso lector ha tenido el capricho de acompañarnos, no desaprovecharemos la ocasión de referir el resultado de las pesquisas de Rosario y de la Chirinos, su madre. Ésta a tiempo de seguir a aquélla; por una rara casualidad reparó en los pedazos de peineta, que el desconocido había arrojado a la joven, según dijimos en el capítulo anterior, y levantándolos del suelo, dijo:

–¿Pues no son estos pedazos de tu peineta?

–Sí, señora. Pero caminemos, mamita, que se va el tiempo.

–¿Cómo se hallan aquí?

–Porque Liborio me los trajo, y me los tiró a la cara.

–¿Luego él fue quien quitó la peineta a los ladrones? Y creía yo que había sido don…

–Mamita –le interrumpió con enfado la muchacha–, si usted no camina más aprisa valiera más que se quedara; porque si hemos de hablar y andar a su paso, no llegaremos esta noche.


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