La peineta calada
La peineta calada Ya que hemos llegado a la puerta de la casa de doña Margarita, no volvamos atrás, que dentro nos llaman lastimosas escenas, de que debemos cuenta fiel al paciente lector.
Cuando Dolores se asomó a la barandilla de la escalera, subían por ella, según dijimos antes, muchos hombres. Éstos, que eran el comisario del barrio, el teniente, algunos alguaciles y varios vecinos, traían en brazos a Andrés que estaba sin conocimiento y con los vestidos todos manchados de sangre, no imaginando sin duda que allí habría personas a quienes la vista de un espectáculo tan horroroso podía causar repentinamente la muerte. Decímoslo porque Andrés, ya por el poco tiempo que hacía habitaba en el barrio, era casi desconocido para la mayoría de sus vecinos; y lo prueba, no sólo el que ninguno de los que lo socorrieron sabía su nombre, aunque alguno no ignorase donde habitaba, sino también la admiración y la sorpresa que les causaron el grito y desmayo de Dolores.
Por fortuna esta joven al caer tropezó en la puerta, y aunque vino luego rodando al suelo, ese mismo golpe, y el haberse enredado los flecos de su manta de burato en un clavo que había fijo en la pared para colgar la servilleta de enjugarse las manos, fueron parte y no pequeña, para quitarle al cuerpo mucho de su primer impulso; y felizmente no se hizo otro daño que el de una ligera contusión detrás de la cabeza.
