La peineta calada

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XI

Efectivamente, la conciencia de Andrés no se hallaba libre de remordimientos, su conducta no estaba exenta de algunas faltas.

Ya dijimos que su debilidad de carácter lo equiparaba a veces al común de las mujeres, de quienes sin embargo poseía el entusiasmo y la ternura. También dijimos que en su juventud, aunque según las apariencias, había llevado una vida pacífica y oscura, cometió no pocas flaquezas y desaciertos disculpables hasta cierto punto en la mocedad; pero que él no tenía ni la convicción ni las fuerzas necesarias para subsanarlas echando una línea divisoria, inexpugnable entre el pasado y el porvenir, entre el camino de las locuras que hasta allí había seguido, y el camino de la virtud y el recogimiento, que se había propuesto seguir en lo adelante, bajo el santo techo conyugal.

Le hacemos la justicia de creer que sus propósitos eran los más juiciosos y honrados: la suerte, no obstante, dispuso las cosas de otro modo.

Continuaba, pues, el marido de Dolores M… en su ocupación de peinetero. La tarde después de aquella en que encontró a su mujer afligida y llorosa por su tardanza, se retardó algo más, la siguiente más todavía, y las subsecuentes, ya no volvía del trabajo sino a las ocho y media de la noche; aunque siempre disculpándose sin que se lo preguntasen, con que don Isidro le detenía contra su voluntad.


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