La peineta calada
La peineta calada Efectivamente, la conciencia de Andrés no se hallaba libre de remordimientos, su conducta no estaba exenta de algunas faltas.
Ya dijimos que su debilidad de carácter lo equiparaba a veces al común de las mujeres, de quienes sin embargo poseía el entusiasmo y la ternura. También dijimos que en su juventud, aunque según las apariencias, había llevado una vida pacífica y oscura, cometió no pocas flaquezas y desaciertos disculpables hasta cierto punto en la mocedad; pero que él no tenía ni la convicción ni las fuerzas necesarias para subsanarlas echando una línea divisoria, inexpugnable entre el pasado y el porvenir, entre el camino de las locuras que hasta allí había seguido, y el camino de la virtud y el recogimiento, que se había propuesto seguir en lo adelante, bajo el santo techo conyugal.
Le hacemos la justicia de creer que sus propósitos eran los más juiciosos y honrados: la suerte, no obstante, dispuso las cosas de otro modo.
Continuaba, pues, el marido de Dolores M… en su ocupación de peinetero. La tarde después de aquella en que encontró a su mujer afligida y llorosa por su tardanza, se retardó algo más, la siguiente más todavía, y las subsecuentes, ya no volvía del trabajo sino a las ocho y media de la noche; aunque siempre disculpándose sin que se lo preguntasen, con que don Isidro le detenía contra su voluntad.
