La peineta calada
La peineta calada No bien habÃa salido don Liborio de casa de seña Caridad, cuando entró Rosario Valdés. Hubo tan corto espacio entre la salida de aquél y la entrada de ésta, que hace presumir no se encontraron en la calle, puesto que si nos atenemos al tenor de la escena del capÃtulo antecedente, las intenciones del "revendedor de ropa" era hablar a la muchacha y acaso insultarla y nunca podÃa presentársele ocasión más favorable.
La impresión que habÃan causado en el ánimo de la vieja las últimas palabras de aquel mal hombre, a tal punto le trastornó la cabeza, que ni siquiera tuvo cuidado de cerrar la puerta otra vez, cosa de que ella estaba muy pendiente, más por costumbre que por miedo o prudencia: de modo que Rosario no tuvo necesidad de llamar, sino que se entró de golpe y quedó muy admirada de ver a su madre como santo de palo, sin habla, sin movimiento.
Con todo, estas dos facultades que Dios le habÃa concedido con larga mano, interrumpidas por breve rato, volvieron a desatarse a la vista de la hija, la cual no podÃa haber escogido peor ocasión para aparecerse.
–¿De dónde vienes ahora? –le preguntó en tono áspero.
–La pregunta es excusada, mamita –respondió la joven con no menos enfado–: usted lo sabe tan bien como yo.
