Eneida
Eneida 85 revolviéndolo todo juntos el Euro y Noto y el Ábrego,
el que rueda tormenta tras tormenta,
vuelcan enormes olas a las playas. Se alza al instante un griterío de hombres
entre un crujir de jarcias. Las nubes arrebatan de pronto
cielo y día a los ojos de los teucros,
una negra noche se tiende sobre el mar. Truena de polo a polo y los relámpagos
90 relumbran sin cesar. Todo les tensa el alma con el apremio de inminente muerte.
Paraliza a Eneas de repente un helado pavor. Rompe en gemidos
y alzando hacia los astros las palmas de las manos exclama así:
«¡Dichosos tres veces, cuatro veces aquellos que tuvieron la fortuna
95 de caer a la vista de sus padres bajo los altos muros de Troya!
¡Oh, tú, hijo de Tideo[4], el más valiente de los dánaos!
¡No haber podido yo sucumbir en los llanos de Ilión
y dar suelta a mi vida al golpe de tu diestra allá donde abatido
