Eneida
Eneida en largo corro. No, no dudé en dar voces por las sombras
y con mis gritos atesté las calles. Desolado repetía «Creúsa»,
770 y volvía y volvía a llamarla sin cesar.
Mientras iba buscándola y por entre las casas de la ciudad
corría sin parar enloquecido, se apareció a mis ojos
la imagen de Creúsa. Era su misma sombra dolorida,
en figura mayor de la que ella tenía[54].
Quedé aterrado. Se me erizó el cabello, se me pegó la voz a la garganta.
775 Entonces me habló así y con estas palabras alivió mi ansiedad:
«¿De qué te sirve abandonarte así, mi dulce esposo, a ese loco dolor?
No acontece esto sin voluntad expresa de los dioses.
No te es dado llevarte a Creúsa contigo de aquí. No lo permite
el poderoso dueño del Olimpo celeste. Largo exilio te espera.
780 Un dilatado espacio de mar has de surcar. Arribarás a Hesperia[55],
