Eneida
Eneida la tierra las ramas sacudidas, pero ella permanece adherida a las rocas
445 y cuanto alza su copa a las auras del cielo tanto hunde en el abismo sus raíces,
así baten al héroe por un lado y por otro llamadas incesantes
y su gran corazón siente en lo hondo el taladro de la angustia,
pero su voluntad permanece inflexible y van rodando sus lágrimas en vano.
450 La infortunada Dido, aterrada ante su hado, entonces sí que pide morir.
Ya mira con hastío la bóveda del cielo y se afirma
aún más en su propósito de abandonar la luz, cuando mientras impone
en los altares humeantes de incienso sus ofrendas, ve —horroriza decirlo—
455 cómo el agua sagrada se ennegrece y el vino derramado se torna sangre impura.
A nadie le da cuenta de lo visto, ni siquiera a su hermana. Aún más.
Tenía en su palacio un templete de mármol dedicado a su primer esposo,
460 todo orlado de níveos vellones y festivo follaje. De allí dentro oía salir voces
