Eneida
Eneida Eneas, firme el rumbo, entre tanto bogaba con su flota mar adentro
e iba hendiendo las olas que fruncía de negro el Aquilón.
Y miraba hacia atrás, hacia los muros que al fulgor de la hoguera
de la desventurada Dido relumbraban.
Nadie sabe la causa del imponente incendio,
5 pero al pensar en el cruel dolor que angustia a un corazón traicionado
y a dónde puede llegar el frenesí de una mujer, cunden tristes presagios
por el alma de los teucros. Cuando ganó alta mar
la flota y no tenía ya tierra alguna a la vista,
agua por todas partes, por todas partes cielo,
se cierne sobre Eneas un oscuro nublado
10 portador de noche y tempestad, y se erizan las olas de tinieblas,
y Palinuro, el timonel, prorrumpe desde lo alto de la popa:
«¡Ay!, ¿por qué cubren el cielo estas nubes?
¿Qué estás tramando, di, padre Neptuno?».
Dice y ordena al punto amainen velas y se vuelquen con bríos en los remos.
