Eneida
Eneida Sólo quedaba Acestes, perdido el galardón de la victoria.
Con todo dispara su saeta
520 a las aladas auras ostentando la destreza antañona
con que retiñe el arco sonoroso. Entonces se presenta a sus ojos un prodigio
que había de servir de egregio augurio. Lo demostró después un gran suceso
y vates tremebundos proclamaron más tarde su presagio[135].
Pues volando la caña fue ardiendo por las aéreas nubes
525 y señaló el camino con sus llamas
y fue a desvanecerse en las delgadas auras, lo mismo que acostumbran
soltándose del cielo las estrellas voladoras a deslizarse veloces
por el aire dejando en pos su cabellera.
Atónitos, clavados en tierra permanecen sicilianos y teucros
530 y elevan sus plegarias a los dioses de lo alto y el egregio Eneas
no rechaza el presagio, antes abraza al jubiloso Acestes,
le colma de preciados presentes y le dice estas palabras: