Eneida
Eneida cien altares fragantes de guirnaldas siempre vivas.
Entre tanto apresuran la marcha por donde les conduce aquella senda,
420 y ya van repechando el ancho otero que domina la ciudad
y desde lo alto avista los alcázares fronteros. Maravíllase Eneas
de la mole de edificios, antes no más que chozas.
Se maravilla de sus pórticos, del estrépito,
del firme pavimento de sus calles. Bregan enardecidos
los tirios. Unos tienden los muros y alzan la ciudadela,
425 van rodando a mano enormes piedras.
Eligen otros lugar acomodado a su morada,
trazando un surco en torno. Dictan leyes, designan magistrados
y miembros del senado venerable. Aquí excavan el puerto,
allí echan los cimientos del teatro y tallan en la roca
imponentes columnas, altivo ornato de la escena un día.
430 Igual que las abejas que al albor del estío bullen de afán al sol,
