Eneida
Eneida 30 Por entre la arboleda, en apacible curso, el río Tíber girando en remolinos,
amarillento de su mucha arena va irrumpiendo en el mar. En torno a su corriente
revolando sobre él variadas aves amigas de su orilla y de su cauce
embelesan el aire con su canto. Tienden el vuelo por el bosque. Eneas manda
35 a sus compañeros virar el rumbo y enfilar las proas hacia tierra. Y penetra
alborozado en el umbroso río.
¡Ea, ayúdame, Érato[212]! Ahora voy a contar quiénes eran los reyes
y los remotos hechos y el estado en que el antiguo Lacio se encontraba
cuando por vez primera arribó con sus naves
a las playas ausonias un ejército extranjero.
40 Y evocaré el comienzo de la primera lucha.
Inspírale, tú, diosa, a tu poeta. Contaré horrendas guerras,
diré la formación de las batallas, y los príncipes
movidos por su misma soberbia hacia la muerte
y las tropas tirrenas y toda Hesperia congregada en armas.
