Eneida
Eneida Mas diversos prodigios de los dioses, de aterrador presagio, lo estorbaban.
Existía en el centro del palacio, en la parte más íntima de todas,
60 un laurel de sagrado follaje, conservado con temor durante largos años.
Según se refería, el rey Latino se lo encontró allí al ir a fundar la ciudadela
y se lo había consagrado a Febo y llamó laurentinos por él a sus colonos.
Un día se agolpó a lo alto de su copa
una nube de abejas —maravilla contarlo—
65 cruzando por el aire translúcido con potente zumbido
y trabadas entre sí de sus patas quedaron de improviso
colgadas en enjambre de una frondosa rama.
Al instante prorrumpe el adivino: «Diviso a un extranjero que se acerca.
Sus tropas se dirigen al lugar del enjambre. Vienen del mismo punto.
70 Dominan lo más alto del alcázar».
Otra vez mientras él va alumbrando el altar con las teas sagradas
y al lado de su padre está en pie la muchacha Lavinia, se advierte, ¡horror!,