Eneida
Eneida siguiendo la costumbre: su cetro, su tiara sagrada con su veste,
obra de las mujeres de Ilión».
250 Ante tales palabras de Ilioneo, el rey Latino
permanece vuelto el rostro hacia abajo, sin moverse, clavada la mirada en el suelo,
pero girando sus ansiosos ojos. No conmueven el ánimo del rey
ni la bordada púrpura ni el cetro de Príamo tanto como la idea que le absorbe,
la de la boda y la unión en matrimonio de su hija.
Y da vueltas y vueltas alma adentro a la predicción del viejo Fauno:
255 éste era el yerno aquel que le anunciaban
los hados, procedente de un país extranjero,
al que predestinaban a compartir el reino
con el mismo poder, el que tendría descendencia egregia por su valor,
que había de adueñarse por la fuerza
de todo el orbe. Al fin prorrumpe gozoso:
«¡Que los dioses secunden mis propósitos y que cumplan su misma profecía!
260 Se te dará, troyano, lo que anhelas. No desdeño esos dones.
