Eneida
Eneida Entonces, con el rostro vuelto a tierra. Dido habla brevemente:
«Librad vuestro ánimo de temores, troyanos, desechad vuestros cuidados.
Las duras circunstancias, lo reciente del reino,
me obligan al rigor de estas medidas
y a defender con guardias mis dilatados lindes. ¿Quién hay que no conozca
565 el noble pueblo de Eneas? ¿Quién no sabe de la ciudad de Troya,
sus hazañas, sus héroes y los incendios de su fiera guerra?
No somos, no, los púnicos de mente tan obtusa,
ni unce el Sol sus corceles[13] tan distantes de la ciudad de Tiro.
Tanto si preferís la gran Hesperia y las campiñas de Saturno
570 como las tierras de Érice y a vuestro rey Acestes, os dejaré partir seguros
al amparo de una escolta y os favoreceré con mis recursos.
¿Deseáis asentaros conmigo en estos reinos?
Estoy fundando una ciudad. Es vuestra.
Sacad a tierra vuestras naves. Mediré al troyano y al tirio con el mismo rasero.
575 Y ¡ojalá que Eneas, vuestro rey, se presentase aquí en persona
