Eneida
Eneida y no se confiasen luchando a campo abierto,
que quedasen guardando el campamento
y los muros detrás del terraplén. Así aunque el pundonor y su coraje
45 les incitaban a trabar combate,
se limitan a atrancar las entradas cumpliendo lo ordenado
y al amparo de las torres se quedan esperando al enemigo.
Turno, como se había adelantado volando al lento avance de sus tropas,
aparece de pronto ante los muros con su escolta de veinte jinetes escogidos.
50 Monta un caballo tracio moteado de blanco, protege su cabeza un yelmo de oro
de bermejo penacho: «Mis jóvenes guerreros,
¿hay alguno de vosotros que conmigo se adelante a atacar al enemigo?
Mirad —prorrumpe—, y blande su jabalina
y la dispara a las auras[300]. Y así inicia la lucha. Y erguido en su corcel
avanza por el llano. Le responden con un clamor los suyos
55 y le siguen con un rugido horrendo. Les pasma la flojera de los teucros,
que no salgan a campo descubierto, que no les planten cara con las armas,