Eneida
Eneida que ella había sacado de Micenas cuando navegó a Pérgamo a sus prohibidas nupcias[15],
don asombroso de su madre Leda. Y además el cetro que portó en otro tiempo
Ilíone, la mayor de las hijas de Príamo, con un collar de perlas
655 y una diadema con su doble cintillo de pedrería y oro.
Apresurando el paso iba con estas órdenes Acates.
Por su parte la diosa de Citera da vueltas y más vueltas en su alma
a nuevas trazas y a su nuevo plan: que Cupido,
cambiando de aspecto y rostro, acuda en vez del dulce Ascanio
y que al hacerle entrega de sus dones
660 enardezca a la reina en loco amor y le infunda su fuego hasta la médula,
pues teme la falsía de la casa y las dobleces de los tirios[16].
La furia de Juno la atormenta; toma de noche a su alma la ansiedad.
Por eso le habla así al Amor alado: «¡Hijo, que eres mi fuerza,
665 todo mi gran poder, hijo, tú que desprecias los dardos
