Eneida
Eneida de la cumbre de un monte y al andar toca el suelo su planta
y enfunda su cabeza entre las nubes,
así avanza Mezencio con sus ingentes armas.
Eneas allá enfrente lo ha avistado
sobre la larga línea de batalla y se apresta a ir a su encuentro.
770 Impasible permanece Mezencio en espera de su noble rival, clavada en tierra
la mole de su cuerpo. Tantea con la vista el espacio que basta
para el tiro de su lanza: «¡Que me asista mi diestra que es mi dios
y esta lanza que vibro! Y hago voto de revestirte a ti,
mi Lauso, como trofeo vivo
775 de Eneas con los mismos despojos que arranque a ese pirata».
Prorrumpe y desde lejos le dispara su lanza zumbadora. El arma volandera
rebota en el broquel y va a clavarse distante, entre el costado
y la ijada del noble Antores, de Antores, compañero de Hércules,
que desterrado de Argos se había unido a Evandro y que en una ciudad de Italia