Eneida
Eneida AnÃmanse los Ãtalos con esto. El bando entero de aves
girando frena su huida clamoroso —maravilla su vista—.
Su aleteo oscurece la altura y formando una nube
hostigan por el aire a su enemigo,
hasta que éste vencido por su acoso y por el mismo peso de su presa desfallece
255 y sus garras dejan caer el cisne sobre el rÃo.
Y huyendo va a adentrarse por las nubes[413].
Entonces sà que rompen los rútulos en gritos.
Saludan el augurio y se aprestan a la lucha.
Y Tolumnio el augur prorrumpe antes que nadie: «Era ésa, era ésa la señal
por que he alzado mis votos tantas veces. La acepto.
Veo la obra de los dioses.
260 Yo mismo, sÃ, yo mismo iré en cabeza.
Empuñad las armas presto, desventurados,
a quienes amedrenta como a débiles pájaros un malvado advenedizo
que arrasa vuestra costa a viva fuerza y que ha de huir también.
Tenderá velas bien lejos mar adentro. Vosotros todos juntos cerrad filas
