Eneida
Eneida En esto inspira a Eneas su madre, la de sin par belleza, la idea de avanzar
555 hacia los muros y raudo dirigir a la ciudad su ejército, y así desconcertar
de pronto a los latinos con estrago imprevisto. Pues mientras va siguiendo
con los ojos aquí y allí las huellas de Turno entre las tropas
y gira la mirada en derredor, ve a la ciudad ajena al furor de la guerra,
en reposo, sin peligro. Al punto la visión de un más violento choque
560 guerrero enciende su alma. Llama a sus capitanes,
a Mnesteo, a Sergesto y al valiente Seresto,
y sube a un altozano a donde acuden y se apiñan en torno de él sus tropas
sin soltar sus escudos ni sus dardos.
Y en pie, en el centro de ellas, desde lo alto les grita:
565 «Sin tardanza cumplid lo que os mando. Dios está a nuestro lado.
Que nadie ande remiso ante lo inesperado de mi plan.
La ciudad que es la causa de la guerra,
