Eneida
Eneida 225 Los dragones en tanto huyen reptando hasta la altura de los templos
camino del alcázar de la cruel Tritonia
y a los pies de la diosa se ocultan bajo el ruedo de su escudo.
Entonces sà que cunde un pavor nunca visto por los ánimos aterrados de todos.
Dicen que Laoconte ha pagado la culpa que su crimen merecÃa
230 por profanar el roble sagrado con su hierro,
disparando la impÃa lanza contra su flanco.
Hay que llevar la imagen a su templo e implorar con plegarias
el poder de la diosa —piden a grandes voces—.
Abrimos una brecha en la muralla y allanamos los baluartes
de la ciudad. Se entregaron todos a la tarea. Van calzando
235 a los pies del caballo rodillos corredizos.
Y en torno de su cuello tienden sogas de cáñamo.
Remonta nuestros muros la máquina fatal preñada de guerreros.
Alrededor van niños y niñas entonando sacros cánticos.
