Eneida
Eneida Era la hora en que el primer reposo va invadiendo a los pobres mortales
y se insinúa en ellos con más dulzura por merced divina.
En sueños, de repente, me pareció tener ante mis ojos
270 a Héctor[34] profundamente entristecido —vertÃa de sus ojos lágrimas a raudales—,
arrastrado por el carro de guerra igual que en otro tiempo,
negro de polvo entremezclado en sangre, taladrados
por correas los pies entumecidos. ¡Cómo estaba, ay de mÃ! ¡Cuán otro de aquel Héctor
275 que regresó cubierto con las armas de Aquiles o después de arrojar
fuego frigio a las naves de los dánaos!
La barba enmugrecida, los cabellos cuajados de sangre, vivas todas las heridas
que recibió su cuerpo en tomo de los muros de la patria[35].
Me parecÃa que yo mismo llorando me adelantaba a hablarle
280 y que le dirigÃa estas tristes palabras: «¡Luz de la tierra dárdana,
