Eneida
Eneida escucha desde el pico de una peña aturdido su fragor.
Patente queda entonces la verdad. Se descubre el ardid de los dánaos.
310 Ya la espaciosa casa de DeÃfobo[36] remontada del fuego,
se ha desplomado. Ya está ardiendo la contigua de Ucalegonte.
El ancho haz de las olas del Sigeo relumbra a los fulgores de las llamas.
Se eleva un griterÃo de hombres y el ronco son de las trompetas.
Empuño enloquecido las armas. Y no es que tenga plan alguno de lucha,
pero me enciende el ansia de juntar un puñado de soldados
315 y correr al alcázar con los mÃos. El furor y la cólera
me arrebatan. Y me parece honroso sucumbir combatiendo.
Entonces Panto huyendo de los dardos aqueos, Panto el hijo de Otris,
sacerdote de Febo en el alcázar, en su mano portaba
320 los objetos sagrados y los dioses vencidos y arrastraba a su nieto pequeñuelo.
