La Eneida [vers. verso]

La Eneida [vers. verso]

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250Y nosotros, tu estirpe, a quienes concedes el alcázar del cielo,

nos vemos abandonados con las naves perdidas (¡terrible!),

por el enojo de una sola y se nos aparta de las ítalas costas.

¿Es éste el premio a la piedad? ¿Así nos repones en el trono?»

El sembrador de dioses y de hombres, sonriéndole,

255con el rostro con el que el cielo serena y las tormentas,

libó los besos de su hija, y luego le dice:

«Deja ese miedo, Citerea, que intacto permanece para ti

el sino de los tuyos; verás la ciudad y las prometidas murallas

de Lavinio y llevarás, sublime, hasta las estrellas del cielo

260al magnánimo Eneas; que no ha cambiado mi opinión.

Éste (lo diré, pues esa cuita te devora,

claramente y dando vueltas removeré los arcanos del destino),

te librará en Italia una gran guerra y a pueblos feroces

golpeará e impondrá a sus hombres leyes y murallas,


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