La Eneida
La Eneida Tú también a nuestros litorales, oh nodriza de Eneas,
fama diste inmortal con tu muerte, Cayeta;
y aún hoy conservan tus honras el lugar y los huesos tu nombre
en Hesperia la grande -si gloria es eso- señala.
El piadoso Eneas, celebradas debidamente las exequias,
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levantando el terraplén del túmulo, luego que callaron
los mares profundos, abre camino a sus velas y el puerto abandona.
Brisas lo llevan soplando hacia la noche y no oculta el rumbo
una luna brillante, esplende el mar a la luz temblorosa.
Pasan rozando las cercanas costas de la tierra de Circe,
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donde la exhuberante hija del Sol recónditos bosques
hace que resuenen de su canto continuo, y a las luces de la noche
