La Eneida

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Andando el tiempo y ya tan tarde como en los últimos años del imperio, sus lectores habrían corrompido el nombre en Virgilius -de donde procede el que aún hoy utilizamos para el autor de la Eneida- por una doble vía: de virgo (dado el tímido carácter que le valió el apodo griego de Parthenias), o de virga (por la varita característica de los magos, que esa fama tendría ya entonces nuestro poeta).

Su padre, aunque la tradición lo describe como de humilde origen, un alfarero o un bracero -o las dos cosas- que se habría casado con la hija de su patrón, Magia Pola, fue probablemente un eques, un terrateniente lo bastante rico como para preocuparse de que recibiera su hijo la mejor educación posible y prepararlo así para la carrera forense, camino seguro en la Roma de entonces hacia la lucha política.

Sus primeros años debieron de transcurrir, por tanto, en la finca de Andes, entre las labores del campo que tanto habrán de aparecer en sus obras, confiado tal vez a un paedagogus que cuidase de su instrucción primera.

En Roma, Pompeyo y Craso desempeñaban el año 70 su primer consulado compartido en astuta jugada política que, bajo la apariencia de liquidar la obra de Sila, trataba de asentar el poder en las manos del partido senatorial.


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