La Eneida
La Eneida Se alza sobre sus patas el cuadrúpedo y con los cascos
sacude el aire, y cayendo sobre el jinete derribado
lo traba y se le viene encima de cabeza con una pata rota.
Con sus gritos alcanzan el cielo latinos y troyanos.
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Vuela Eneas hacia allí y desenvaina la espada
y, desde arriba: "¿Dónde está ahora el agrio Mecencio
y la fiereza aquella de tu corazón?" Por respuesta, el etrusco,
cuando mirando al cielo se bebió las auras y recobró el sentido:
"Amargo enemigo, ¿por qué me gritas y amenazas de muerte?
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No hay delito en matarme, ni así llegué al combate,
ni mi Lauso me hizo este pacto contigo.
Sólo esto te pido, si algo puede pedir el enemigo derrotado:
que permitas que la tierra cubra mi cuerpo. Sé que acechan