La Eneida
La Eneida Entretanto la Aurora naciente abandonó el Océano.
Eneas, aunque su cuidado le inclina a dar un tiempo para enterrar
a los compañeros y su corazón está turbado por la muerte,
rendía sus votos a los dioses, victorioso, al despuntar el día.
Una enorme encina bien pelada de ramas
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levantó sobre el túmulo y la vistió con armas relucientes,
despojos del caudillo Mecencio, un trofeo para ti,
gran señor de la guerra; cuelga los penachos chorreando sangre
y los dardos arrancados del héroe y la coraza golpeada
y perforada por doce sitios, y ata a la izquierda el escudo
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de bronce, y cuelga del cuello la espada de marfil.
Luego, así comienza a arengar a sus compañeros
