La Eneida
La Eneida 635
Orsíloco clavó su lanza en el caballo de Rémulo,
que miedo le daba atacarle, y dejó el hierro bajo la oreja;
enloquece el alto animal con el golpe, y, sin soportar el dolor,
se pone de patas levantando el pecho
y rueda aquél despedido por el suelo. Cátilo a Yolas
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derriba y a Herminio, grande de corazón,
grande de cuerpo y de armas, cuya desnuda cabeza cubre
rubia melena; desnudos van sus hombros y no teme las heridas:
así de grado se ofrece a las armas. En su ancha espalda le vibra
la lanza arrojada y, atravesando al héroe, le dobla de dolor.
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