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»Ésa es la patria de mi querido Amazán, ahí vivo yo; tengo tanta amistad por él como amor os ha inspirado. Si os parece, viajaremos juntos para ir a visitarlo.

—A decir verdad, lindo oficio tenéis, replicó sonriendo la princesa, que ardía en deseos de hacer el viaje pero no se atrevía a decirlo.

—Sirvo a mi amo, dijo el pájaro; y, después de la dicha de amaros, la mayor es la de favorecer vuestros amores.»

Formosante no sabía dónde se hallaba, se creía transportada fuera de la tierra. Todo cuanto había visto en aquel día, todo cuanto estaba viendo, todo cuanto oía y sobre todo lo que sentía en su corazón la sumía en un arrebato muy superior al que sienten en la actualidad los afortunados musulmanes cuando, desprovistos de sus bienes terrenales, se ven en el noveno cielo en brazos de sus huríes, rodeados y penetrados por la gloria y la dicha celestiales.

IV

La princesa pasó toda la noche hablando de Amazán. Lo llamaba únicamente su pastor y desde entonces los nombres de pastor y de amante se emplean indistintamente en algunas naciones.


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