Micromegas
Micromegas »Ésa es la patria de mi querido Amazán, ahà vivo yo; tengo tanta amistad por él como amor os ha inspirado. Si os parece, viajaremos juntos para ir a visitarlo.
—A decir verdad, lindo oficio tenéis, replicó sonriendo la princesa, que ardÃa en deseos de hacer el viaje pero no se atrevÃa a decirlo.
—Sirvo a mi amo, dijo el pájaro; y, después de la dicha de amaros, la mayor es la de favorecer vuestros amores.»
Formosante no sabÃa dónde se hallaba, se creÃa transportada fuera de la tierra. Todo cuanto habÃa visto en aquel dÃa, todo cuanto estaba viendo, todo cuanto oÃa y sobre todo lo que sentÃa en su corazón la sumÃa en un arrebato muy superior al que sienten en la actualidad los afortunados musulmanes cuando, desprovistos de sus bienes terrenales, se ven en el noveno cielo en brazos de sus hurÃes, rodeados y penetrados por la gloria y la dicha celestiales.
La princesa pasó toda la noche hablando de Amazán. Lo llamaba únicamente su pastor y desde entonces los nombres de pastor y de amante se emplean indistintamente en algunas naciones.
