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Nada quebrantó su deseo de correr tras Formosante, pero como su coche no estaba listo tuvo que pasar tres días con los ociosos en fiestas y placeres. Se despidió al fin de ellos abrazándolos y ofreciéndoles los diamantes mejor tallados de su país, y recomendándoles que fueran siempre ligeros y frívolos, ya que así resultaban más amables y dichosos. «Los germanos, decía, son los ancianos de Europa, los pueblos de Albión son los hombres hechos y derechos, los moradores de la Galia son los niños y me gusta jugar con ellos.»

XI

No les costó mucho a sus guías seguir el camino de la princesa. No se hablaba sino de ella y de su gran pájaro. Todos los habitantes del país se hallaban aún en el entusiasmo de la admiración. Los pueblos de Dalmacia y de la Marca de Ancona experimentaron más tarde una sorpresa menos deliciosa al ver volar una casa por los aires. Las orillas del Loira, del Dordoña, del Garona y del Gironda resonaban todavía con las aclamaciones.

Cuando Amazán llegó al pie de los Pirineos los magistrados y druidas del país le hicieron bailar contra su voluntad al son del tamboril. Pero cuando hubo cruzado los Pirineos no vio más alegría. Si de vez en cuando oía alguna canción era siempre triste: los moradores caminaban con paso grave, granos ensartados y un puñal al cinto.


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