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Mi nave tuvo que ser carenada por las costas de Golconda. Aproveché la ocasión para ir a ver la corte del gran Aureng Zeb, de quien se decían maravillas en todo el mundo. Se encontraba en Delhi. Tuve el consuelo de avistarlo el día de la pomposa ceremonia en la que recibió el presente celestial enviado por el jerife de La Meca. Se trataba de la escoba con la que se había barrido la santa casa, la Caaba, el Beth Allah. Dicha escoba es el símbolo que barre todas las suciedades del alma. No parecía que Aureng Zeb tuviera gran necesidad de ella, pues era el hombre más piadoso de todo el Indostán. Es cierto que había degollado a uno de sus hermanos y envenenado a su padre, que veinte rajás y otros tantos omrás habían perecido en el patíbulo: pero eso era una menudencia y no se hablaba de otra cosa que de su devoción. Sólo tenía por rival a la Sacra Majestad del serenísimo emperador de Marruecos Muley Ismail, que cortaba cabezas los viernes tras la oración.








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